viernes, 11 de septiembre de 2009

Consigna 1 (que el lector deduzca cuál es)

Esperanza

La referencia lumínica se transforma en desidia, para quienes permanecen a oscuras. Ciegos y relativos; persiguen solo sonidos y apremian sus cacofonías temerosas, a causa de heterogéneos falsetes de excusas. De husmear y disponer está poblado el reino de los castos; mientras secunde a la virtuosa limitación, sus intentos y la nubosa cognición. El humo ufano del espejismo sutil, se hace éter en los escondites. Busca aire para esparcirse, para vulgarizarse en forma de forma. Busca más espacio que un bolsillo entramado, y más periferia en tela de juicio, al vacío consecutivo de toda ley natural. La inherencia y su sensibilidad diferente solicitan independencia de caracteres, en su anhelo monocromático de un verde infinito y convencido. Bocanadas de plegarias conciertan las coyunturas imaginarias en esta forja de fe. Potestad e injerencia en el íntimo retiro, inalterables desde el aprendizaje y hacia las connotaciones de la señal de vida. A manera y usanza de las costumbres socio-conceptuales, en lo aborigen del escenario genético. Caracterizado en la vereda del espacio ordinario. Mientras el sol observa compasivo. Mientras la perspectiva propone sorna al desequilibrio, mientras la libertad se consume… hasta la última pitada.

©El Aeronauta

Con sumo personal (humo verde)

Verde
hoja polémica
elixir para vuelos
placebo para enfermos
agua que sí hube de beber
(cuando asumía mis negativas…)
Ley
de los hombres
prohibiciones
¿y el libre albedrío
dónde quedó?
No hay apología
sino preguntas…:
¿uno no sabe decir que no?
Mentira
hipocresía
¿y la cultura dónde nos marca?
Hay tanto, tanto que nos hace mal
(¿la falta de libertad, no?)
Y sin embargo…
¿se necesita de algo verde para ser feliz?

©Estar latiendo

Dragones

Habitaban en lo alto de las colinas, en manadas, se alimentaban de frutos como las frutillas salvajes y la guindilla, así como también, de carne (carneros y cebúes). Elegían la altura para vivir, porque de esta manera podían arrojarse y planear hacia los llanos, debido a que sus vuelos no eran muy altos. Sus colores, verde esmeralda en las escamas y anaranjado en el pecho, los hacían vistosos en los zigzagueos que hacían en el aire. Se habló muchas veces de su tamaño, lo que los hacía ver monstruosos; la realidad es que estos animales medían dos metros de largo y de punta a punta de sus alas, tres, sus colas eran relativamente cortas (similares a la de los canguros actuales). Fueron perseguidos por el hombre en la Edad Media; debido a que el lugar donde vivían, en las alturas, era el ideal para asentar los centros de las comarcas –por su posición estratégica para la defensa ante los ataques de otros reinados–.
En lo alto se podía ver, en las noches, los fulgores de las llamas y el humo expelidos. Tal vez, también, este haya sido uno de los motivos por los que fueron atacados; envidiados, quizás, por tener eso tan preciado, el fuego, de manera natural.
En el comienzo de la conquista de esas tierras, el hombre inventó historias sobre la cacería que hacían los dragones, que bajaban de lo alto en vuelos rasantes y se llevaban niños y animales; esto sirvió para que en el momento de ir en la búsqueda de los pobres animales, no solo se alistaran caballeros, sino también, cualquier persona –por miedo a que se coman a sus hijos–. La Iglesia participó de estas matanzas debido a las promesas hechas por los reyes, estos les ofrecían tierras en lo alto, cerca de Dios. Así fue como la lucha era bendecida por la acción divina. Los que participaban de las Cruzadas se llevaban como trofeos cabezas, colas y garras de los dragones caídos.
Luego de varios años de guerras y de algunas conquistas, los reyes, o mejor dicho sus asesores, se dieron cuenta de que estas bestias infernales (así los habían bautizado los sacerdotes) podrían servir como esclavas, para carga y hasta para batallas. Comenzaron a cazarlas y ponerles grilletes y así lograron domesticarlas. Los animales adultos eran utilizados para los enfrentamientos, y las crías eran vendidas para servir en las casas de los nobles. Se cobraba un impuesto por tener un dragón, esto era, para el reinado, un muy buen negocio. Se descubrió que los dragones entendían el lenguaje y que entre ellos también existía una forma de comunicación. Se les prohibió el uso de fuego en las casas, como así mismo, expeler humo, ya que causaba mucho miedo a los invitados; también les fue prohibido abrir las alas en lugares públicos y levantar las escamas, finalmente, se les obligó a caminar erguidos.
Durante muchísimo tiempo fueron utilizados para llevar cosas de una comarca a otra y a sobrevolar en las luchas y arrojar grandes bolas de fuego, pero con el paso del tiempo, las nuevas generaciones de dragones ya no sabían iniciar fuego, y les era normal su vida de servidumbre. Un dragón, uno de los más viejos (Dacor), soñó una noche con sus antepasados; con el humo saliendo de sus bocas y sin quererlo inició un pequeño incendio que rápidamente apagó. Fue el primer paso para recuperar su esencia.
Un plebeyo que habitaba en lo más alejado de la comarca, que los alimentaba de tanto en tanto y los trataba con delicadeza y amigablemente, ayudó a los animales a recobrar sus instintos, su naturaleza. En poco tiempo, los dragones andaban arrojando fuego y humo por los caminos. Esto a las autoridades les preocupó y los mando a encarcelar en calabozos subterráneos, pero los dueños de estos se quejaban por el pago de impuestos por un dragón encarcelado. El joven plebeyo se acercó hasta el reino montado en Dacor y le gritó al rey que él sabía cómo ayudar, este lo escuchó y a la noche emitió un edicto por el cual los dragones podrían usar su fuego y humo en sus casas, pero no en las calles ni en los centros urbanos, si esto pasara irían presos nuevamente.
De esta manera, los dragones recuperaron algo de sus instintos y los hombres, al ver que los dragones entendían el mandato y que tratándolos bien eran amigables, comenzaron a convivir de manera más humana y de esta forma pudieron disfrutar de sus colores y de los malabares con el fuego.
Lamentablemente era tarde, los dragones, al haber estado tanto tiempo obligados a no expeler fuego, estas últimas generaciones sufrían un problema y comenzaron a morir consumidos por su propio fuego.
El hombre lamentó no haber intentado convivir antes con ellos y haberles permitido con anterioridad crear humo y fuego. Lloraron el no poder volver a ver esos vuelos y esos colores hermosos que hacían figuras verdes y anaranjadas en el cielo y los fulgores de las llamas de vida que los dragones hacían en las noches.

©Guantes de lana

2 comentarios:

SIL ♥ dijo...

Fusión de amarillos y azules...quizás más claros, más oscuros, pero definitivamente verdes...

Quizás, un verde, que teñido de esperanza, se convierte en bocanadas de plegarias forjadas en fé, en ilusiones, en ganas, en sueños, en resistencias.

Resistencias que se niegan a dejar de consumir libertad...libertad que a veces pareciera encontrarse en esa "milagrosa hoja verde", a través de la cuál, entre bruma, hipocresía y mentiras, permite preguntarse, "¿se necesita de algo verde para ser feliz?"


Y entre las respuestas, entre los vuelos, los delirios esperanzadores, aparecen los dragones, la envidia hacia ellos, traducida en el deseo de por un instante ser como ellos, y lograr en lo alto, en las noches, en los vuelos ver "los fulgores de las llamas y el humo expelidos".


Y seguiremos, con más y miles de preguntas que esperancen y no coarten el vuelo :)

Muy linda idea, los felicito.

Besotes

Sil ♥

Adrián Martínez dijo...

Tuve la suerte de compartir un asado donde se discutió la consigna. Un aplauso para el asador, y para estas tres plumas, por la originalidad y la diversidad de formas. Por el arte y por la calidad de sus humanidades. Muy bueno el programa.

Adri

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Imagen del cabezal de Bangbouh @ Flickr